El tenebrismo es uno de los rasgos plásticos más usado y estereotipado para explicar la obra pictórica del genial Caravaggio. Es cierto que los cuadros de Caravaggio se caracterizan por sus zonas oscurecidas en contraste con focos lumínicos a veces de origen enigmático o incierto (véase e.g. la Conversión de San Pablo).
Esta incertidumbre lumínica a dado lugar a una rica y fértil hermeneútica entre los expertos, aficionados y legos en la materia. El planteamiento tenebrista del artista es una manera de entender el tratamiento lumínico, cromático y volumétrico de la pintura, es decir, una nueva forma de entender la representación del espacio pictórico.
Para otros autores (e.g. Carmona, 2005) el entramado “tenebrista” puede inducir a enmascarar y minusvalorar los efectos visuales de la luz y el color. Asimismo expone que el tenebrismo nos hace valorar a Caravaggio “como un creador enigmático e incluso turbio” (Ibidem: 15), lo cual acentúa los elementos de personalidad controvertida y problemática que se nos ha transmitido de este creador.
Es necesario exponer que el planteamiento tenebrista de Caravaggio tiene su origen en la corriente claroscurista del siglo XVI e incluso en ciertos precedentes de la Baja Edad Media. Este hecho constata que el tenebrismo no es una creación ex novo, sino un nuevo enfoque, más radical y extremo, de los postulados claroscuristas heredados de bajo medievo y el renacimiento clásico. El contraste entre luces y sombras se convierte en una oposición exacerbada entre una claridad casi demiúrgica y una oscuridad impenetrable. Este dualismo condiciona la atención del espectador guiando su mirada a las zonas pictóricas que surgen violentamente de la penumbra, rechazando, con esta actitud, cualquier distracción anecdótica en la contemplación de la obra.
Carmona E. (2005): “Caravaggio”. Descubrir el ARTE biblioteca GRANDES MAESTROS. Arlanza Ediciones. Madrid.




















